Los eclipses, de augurio de catástrofes a campo de estudio científico en la región leonesa
El antropólogo Alejandro Valderas explica cómo las sociedades antiguas relacionaban los eclipses con catástrofes y cómo la ciencia estudia hoy estos fenómenos en la región leonesa.

Eclipse solar total del 12 de agosto de 2026 desde la provincia de León. Fuente: Patrimonio Activo CyL
El pasado 12 de agosto, miles de personas pudieron contemplar en el cielo el primer eclipse total observable desde la provincia de Zamora desde hace más de un siglo. Este fenómeno astronómico siempre ha despertado fascinación, y también miedo. Durante cientos de años, estos acontecimientos fueron interpretados como anuncios del fin del mundo y presagios de catástrofes.
El antropólogo Alejandro Valderas, coautor del libro ‘El Sol, la Luna y los eclipses en León. Folklore y antecedentes históricos’, explica cómo nacieron estas creencias y qué dice hoy en día la ciencia sobre un acontecimiento que sigue despertando tantos mitos a su alrededor. "Desde la Antigüedad, se prestó mucha atención a los eclipses porque la observación del cielo era fundamental para agricultores y ganaderos. Tenían que saber cuándo sembrar o cuándo nacía el ganado, ya que no existían calendarios", señala Valderas.
Las civilizaciones antiguas tenían controlados todos los movimientos extraños que ocurrían en el cielo y, aunque los eclipses son fenómenos habituales, lo natural es que en la vida de una persona puedan verse una o dos veces como mucho. "Por eso era un acontecimiento extraordinario que llamaba muchísimo la atención", argumenta.
¿Por qué se relacionan con sucesos importantes?
El antropólogo indica que existen anotaciones de eclipses desde la China antigua y desde la época del Antiguo Testamento, pero no todas estaban fechadas con precisión. Se encargaban de redactarlas los cronistas, junto a cualquier acontecimiento importante ocurrido ese mismo día, como el nacimiento de un heredero, una victoria militar o un incendio. "Al repetirse estas anotaciones durante generaciones, acabaron llegando a una conclusión equivocada: que los eclipses provocaban esos acontecimientos, cuando en realidad solo coincidían en el tiempo".
Valderas pone como ejemplo el Reino de León, donde se observaban mucho los eclipses. El nacimiento del emperador Alfonso VII acabó relacionándose con uno, aunque esa asociación fue elaborada años después, cuando el monarca ya era una figura histórica de gran importancia. "Se relacionaban dos hechos que realmente no tenían ninguna conexión".
Otro episodio es el de un científico que, en un eclipse importante que fue observable desde León y parte de Zamora en 1860, describió el fenómeno en folletos que vendía, conocidos como pliegos de cordel. Sin embargo, añadió supuestas profecías de un monje de los montes de la provincia leonesa. "Era un científico que mezcló una descripción rigurosa del eclipse con historias inventadas porque así vendía más folletos. Eso ya era prensa sensacionalista", expresa el investigador.
Más adelante, se comprobó que uno de los sucesos que había anticipado era el descubrimiento de un asteroide en enero de 1864, y dio la casualidad que acertó: dos científicos encontraron la existencia de un asteroide en esa fecha.
Por otro lado, señala una circunstancia que ocurrió en 1912, en la que se observó un eclipse desde Cacabelos, en la provincia de León. “Los investigadores aseguraron a la población que no ocurriría nada. ¿Qué pasó dos días antes del acontecimiento? Que se hundió el Titanic. Nadie creyó a los científicos, todos pensaron que ambos hechos estaban relacionados”, explica. También ocurrió algo parecido en Francia dos años más tarde: comenzó la Primera Guerra Mundial tres semanas antes de que se viera un eclipse. “Mucha gente pensaba que era dicho fenómeno el que traía la desgracia”.
¿Desde cuándo los eclipses traen el fin del mundo?
Dichas coincidencias reforzaban la creencia popular de que estos acontecimientos astronómicos son un mal presagio. La tradición cristiana también ha alimentado estas convicciones. En concreto, la idea de que los eclipses totales podrían traer el fin del mundo vienen del Apocalipsis de San Juan. Al tratarse de un texto profético, tiene muchas interpretaciones.
Como explica Valderas, en el Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, una interpretación del libro bíblico, uno de los iluminadores representó un eclipse. “Esta obra y este artista tuvieron un gran éxito. La imagen se reprodujo en numerosas ocasiones y la gente acabó interpretando que un eclipse anunciaría el fin del mundo”, señala el experto. Sin embargo, precisa que esa asociación no aparece en el texto de San Juan, sino que surgió de la representación realizada por el propio artesano.
En muchas escenas de Cristo crucificado, la Luna aparece situada a su izquierda y el Sol, a su derecha. Valderas recuerda que los Evangelios relatan que, tras la muerte de Jesús, el cielo se oscureció. Por este motivo, en algunas obras el Sol se representa apagado o ennegrecido, como si se estuviera produciendo un eclipse. “La gente interpretó que, cuando Cristo murió, hubo un eclipse total y que, cuando volviera a producirse otro, Cristo regresaría”, explica.
Esta tendencia a buscar una relación entre lo que ocurre en el cielo y lo que sucede en la Tierra no solo forma parte del pasado. Los ejemplos que recoge Valderas, desde el nacimiento de Alfonso VII hasta el hundimiento del Titanic o el estallido de la Primera Guerra Mundial, muestran un mismo sistema: cuando ocurre un fenómeno poco frecuente y de gran impacto, la memoria colectiva tiende a unirlo con el suceso importante más cercano en el tiempo. Con el paso de las generaciones, la coincidencia se ha ido convirtiendo en explicación y, posteriormente, la explicación, en creencia compartida.
Como explica el antropólogo, el interés por el cielo respondía a necesidades prácticas, relacionadas con el trabajo del campo, y esa atención dejó registros que hoy la ciencia puede contrastar. A partir de 1860, los investigadores dejaron de limitarse a describir el fenómeno y empezaron a estudiar sus efectos sobre las personas, los animales, las plantas, el agua, la presión atmosférica o las nubes. Los experimentos realizados en las minas de Cistierna durante el eclipse de 1905 son un ejemplo de ese cambio de perspectiva. Ya no se trataba de interpretar un presagio, sino de comprobar qué ocurría realmente en el mundo cuando se produce un eclipse.
La ciencia estudia sus efectos
A partir de 1860, comenzaron las investigaciones científicas: se empezó a estudiar cómo afectan los eclipses a las personas, a los animales, a las plantas, al agua, a la presión atmosférica o a la formación de nubes. Es entonces cuando comenzaron a comprobar que algunas de las cosas que se decían sobre estos fenómenos en la antigüedad sí que tenían cierta base científica. “Dentro de las minas de Cistierna, en el eclipse de 1905, se hicieron experimentos físicos que demostraban cómo se producían efectos dentro de la Tierra”, ejemplifica Valderas.
"Las coincidencias siguen siendo solo coincidencias. Un eclipse no provoca guerras, ni nacimientos de reyes ni catástrofes, pero hoy sabemos que durante esos cuatro minutos ocurren pequeños cambios físicos que la ciencia continúa estudiando", concluye él.
Con motivo del eclipse del pasado verano, se han llevado a cabo estudios en distintas zonas de la península para comprobar sus efectos. Se repartieron miles de encuestas, y algunos voluntarios participaron en experimentos destinados a comprobar si se produjo algún cambio fisiológico en ellos durante los cuatro minutos que duró el fenómeno astronómico.
Solaris, una iniciativa que tiene lugar en Tarragona por la Generalitat de Catalunya, o Ecoeclipse, de la Universidad de Sevilla, son dos de los muchos proyectos que se han estado desarrollando. Así lo resume Valderas: “Desde el punto de vista científico, se ha estado comprobando hasta qué punto hay algo en las observaciones antiguas que hoy se pueda confirmar”.
Sin embargo, estudiar estos fenómenos también permite conocer mejor cómo han evolucionado las formas de interpretar el mundo. Las observaciones recogidas a lo largo de la historia forman un punto de partida para investigar qué ocurrió realmente durante determinados eclipses y qué explicaciones pueden sostenerse a día de hoy. En este sentido, el trabajo de los investigadores no consiste únicamente en descartar antiguas supersticiones, sino también en revisar los testimonios del pasado y analizar qué información pueden aportar desde una perspectiva científica.
¿Los eclipses afectan a la salud?
Una de las creencias más populares en cuanto a este fenómeno es su supuesto efecto sobre la salud, el cual se está estudiando actualmente. El antropólogo comparte la historia de una mujer que formaba parte del tribunal de unas oposiciones en la década de 1920 en Madrid y se desmayó mientras ocurría el acontecimiento astronómico. “Se interpretó que eran los nervios, porque ella estaba obsesionada con que el día del eclipse vendría el fin del mundo”.
Siglos después de que comenzaran todas estas supersticiones, los eclipses siguen despertando todavía la misma fascinación que a lo largo de la historia. La diferencia es que ahora la ciencia dispone de lo necesario para separar las coincidencias de los hechos demostrables. Como resume Alejandro Valderas, "lo que antes solo podían ser observaciones, ahora puede estudiarse científicamente".




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